Tenía casi 5 años cuando un domingo en la mañana acompañé a mi mamama al mercado (así le llamo a la madre de mi madre), había comprado pescado y algunas verduras, al salir rumbo a la casa, caminábamos sin prisa intentando observando la multitud aproximarse con mas fuerza, habían vendedores ambulantes que repletaban las pistas con sus novedades, revistas, verduras, frutas y demás, a lo lejos las voces de los vendedores, risas de niños, voces de las amas de casa mientras avanzábamos por la tercera cuadra de chucherías.
Ella me cogía muy fuerte del brazo para no perderme entre la multitud abrazadora, habían instalado algunas jaulas con animales perritos, gatitos, loritos, lagartijas y otro mas, cuando divise a lo lejos en la mano de un hombre bajo de estatura algo que chillaba en su mano, eran pollitos, solté la mano de mi abuela y fui de frente a ellos, el vendedor me dejó acariciar uno de ellos, eran esponjitas amarillas que chillaban con sus pequeños piquitos metidos dentro de una canasta de paja.
Después de algunos segundos me los quitó de la mano y mamama preguntó – ¿cuanto están?, de pronto la bulla de la gente aglomerándose y los niños manoseando a los pobres animalitos me turbó, me distraje mirando a la gente grande llevar de la mano a sus hijos y sus bolsas de mercado, recordé a los pollitos y mamama me pregunto – ¿cuantos quieres? a lo que yo respondí – todos.
Sentí que la gente se multiplicaba como gérmenes, yo nerviosa sentí un jalón de la mano dispuesta de mi abuela, y caminamos hacia aquella vereda que nadie respetaba, yo seguía escuchando aquellos pio pio, pensé que los había abandonado con aquel vendedor, pero al oír que no se iban, coloque mi miraba en una nueva canasta que tenia, mamama en la mano, vi a los pollitos todos apresuraditos, tan chiquititos y amarillitos, caminamos y seguimos caminando por las calles hasta dispersar a la multitud, al llegar a casa pedí la canasta, y corri a mostrárselo a papapa y mis tías, ellas se molestaron por tanto ruido pero luego terminaron aceptando a los nuevos huéspedes, lleve la canasta la balcón de la casa, ubique la vieja jaula de Lorenzo, un loro muy pintón que falleció la navidad anterior por un ataque cardiaco.
Le coloqué papel periódico debajo y agua en un pequeño recipiente y otro con maíz, luego coloque uno por uno a los pollitos dentro de la jaula, conté catorce, después me quede observándolos por mucho tiempo hasta que me llamaron para almorzar.
Cada día después del colegio dejaba mi mochila y luego de saludar a mis abuelos y mis tías, subía a ver a los pollitos que rápidamente crecían, al poco tiempo ya no se dejaban alimentar y picoteaban mi pequeña mano.
Un día al regresar deje mi mochila, salude como de costumbre y subí a ver a mis pequeñas mascotas, pero no oí sus pio pio, abrí la puerta del balcón, y la jaula estaba vacía, pregunté y pregunté, donde estaban mis pollitos, a lo que nadie respondía, a tanta insistencia mía, me mintieron con que vinieron palomas y se las llevaron, lloré mucho, extrañaba a mis mascotitas.
El tiempo hizo que crecer odio mí, por aquellas mascotas fugitivas, no como otra clase de carne a no ser que sea res de una vez al mes y nada de pescado, comía pollo con furia, y hasta hoy los como en todas sus variedades, hace 4 años recordando a los pollos fugitivos, mis tías rieron y me contaron que un tío abuelo vino de visita y ellas muy felices les regalaron a todos mis pollitos, sin pensar en el odio que creció dentro de mi, y solo por eso hoy como pollo.

